miércoles, 3 de abril de 2013

1. Un monstruo tendrá otro monstruo

Cuando en el vientre de mi madre me empecé a gestar, ella no tenía ni idea, aunque recién se había casado y no usaba anticonceptivo alguno, su concentración principal era mantener sus nervios calmos, pero fallaba miserablemente ante el incesante ataque de sus migrañas. 

Vivía pobremente al lado de mi padre y estaba completamente enamorada, a pesar de todos sus problemas y pesares, sentía que por fin podía aspirar a ser feliz, junto a el único ser que la amaba, lo conoció a los catorce años y pensaba que él solo pretendía burlarse de ella, por todas las razones obvias; su cicatriz atravesándole la mejilla de boca a oreja y su conocida reputación, era una de tantos miserables que vivían a orillas de las vías del tren, en casuchas de pedazos de madera y láminas, en la "casa del avión", que era  como solían llamar la casa de mis abuelos pues tenía el techo hundido en el medio formando una uve, o bien, unas alas de avión según los chiquillos del barrio, pero ella no era una anónima mas en la pobreza, ella era la loca, la chica loca de los rieles, y eso, era mas que suficiente para saber que nadie podría amarla.

Cuando la hospitalizaron por enésima vez y le dijeron que me esperaba, por supuesto también le aconsejaron terminar inmediatamente el embarazo, obviamente se negó rotundamente a la idea, creo que ha de haber pensado que estaba loca, pero no tanto.

A lo largo de su embarazo y sus recaídas las advertencias no cesaban, -probablemente con tantos medicamentos terminará teniendo en sus brazos a un monstruo- le decían, por su mente cruzó la idea de que era lógico, que un monstruo tuviera a otro, sin embargo aun así no se atrevía a dejarlos acabar conmigo, dejaba de tomar sus medicamentos a propósito, para no hacerme más daño y entonces venían las recaídas con sus subsecuentes hospitalizaciones y esos despertares que la llenaban de horror, una vez más sin saber como había llegado ahí, otra vez rodeada de ojos torturados, mentes distantes, ataques inesperados, abandono y desprecio, memorias vienen y van y llora cuando me cuenta lo que era abrir los ojos habiendo recuperado la cordura y estando en ese cuarto, ver en el piso un plato con alimentos llenos de hormigas, sentirse famélica y devorarlo, o peor aún, estar en la sala común o en el jardín, y de pronto ser atacada a mordidas por la mujer que se creía perro, o cuando a los ocho meses de embarazo, aquella otra perdió los estribos y la llevó arrastrándola metros y metros jalándola de sus cabellos, y ella, mi madre, suplicaba, -ya estoy bien- decía, pero tenía que estar en observación, luego él, su príncipe, el hombre que una vez le dijo que se había enamorado de su tristeza, la veía, y sin poder resistirlo, la ayudaba a escapar en la noche y huían en la  destartalada motocicleta, cuantas veces se repitió la historia sin que los horrores se apaciguaran. 

Y así llegó el día.

Los doctores estaban bastante curiosos, el embarazo llegaba a termino y no se lo podían perder, había que ver, que extraño ser emergería de las entrañas de mi madre, a su alrededor por lo menos, siete doctores esperaban, uno de ellos, el mas anciano, le contaba historias tratando de tranquilizarla, las horas pasaron y todo fue tan normal que no se lo creían, y nací, hija de la luna, bueno, la lunática, (lo sé, el humor en mis memorias es algo a lo que acostumbrarse), blanca como la leche, ojos borrados, cabello castaño clarísimo, y absoluta e inapreciada perfección y belleza, bueno a los ojos de mi madre, después de todo era una bebe en apariencia normal, y eso ya era la mejor de las ganancias. 

En ese momento echó al olvido todas sus temidas amenazas, yo nací sana y fuerte y ellos debían dirigir su búsqueda de fenómenos a otra parte.

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