Lo
sabía todo, la expectativa de cuanto doctor mi madre había visto y sus amenazas
sobre mí, ella no se guardó nada, me preguntaba que rayos pasaba por las
cabezas de los demás, mis compañeros de secundaria, todos desperdiciando a mi
parecer su tiempo, yo iba a la escuela a aprender, y en el descanso me
escabullía con toda la gracia de mi languidez a un rincón detrás de la oficina
de dirección, quería estar sola, pensar, disfrutar cada taco de tortilla de maíz
embebida en aceite dentro de mi bolsa de papel estilo “doctor chapatín” y ver
pasar a la gente, el vaivén de los árboles, la vida a mi alrededor.
Llevaba
años consumida por la anemia, no podía correr pues mi nariz rota me impedía
respirar bien, era un traumático y triste recuerdo de mis años en el jardín de
niños, tenía que comer hígado encebollado y caldo de frijoles hasta no poder
más, a veces pasaba horas frente a mi plato, bajo la firme amenaza de - ¡no te
levantas hasta que te lo acabes!-, té de salvia para engrosar la sangre, vitamínicos
intragables desde los nueve años, y aún así, un esqueleto andante que orillaba
a los doctores a insistirle a mi madre en los cuidados que debía tenerme por mi
precaria salud.
Y
yo pensaba: está llegando, el final será suave como mis sueños, cierro los ojos
y ahí está el mareo, como si la cama girara y sobre mí se abre un túnel oscuro,
abro los ojos tratando de salir. Una vez duró lo suficiente para que viera a
través de el, una luz al final, una luna, eso había, y mi madre decía que era
un mal augurio.
Sin
embargo sus cuidados tuvieron resultados positivos y para mis catorce años, me
convertí en señorita, me dizque enderezaron el tabique nasal en el seguro
social (mi nariz aún no se ve, ni esta del todo bien pero al menos no la
empeoraron) entré a la preparatoria, y estaba sana. Así que me la pasaba
corriendo con los amiguitos de mis hermanos (si hermanos, luego en la secuela
de esta serie les cuento) a perseguirlos, el voto, encantados y otros juegos
por el estilo eran mis favoritos, hasta que a los dieciséis años, mi padre me
dijo que no podía seguir saliendo a jugar más, pues ya no tenía edad para eso,
(dos años duró mi niñez, digo yo, cuando niña no tuve oportunidad por mi salud
y cuando por fin pude no debía por ser muy grande), me disgusto tanto que
pensara en “el que dirán”, que cuando él no estaba aprovechaba para salir a
jugar a escondidas, de hecho, aún juego voto con mis hijas.
Hay
que jugar, reír, cantar, saltar y correr mientras puedas, carcajearte si te
caes o llorar por un raspón, ¿recuerdas cuán divertido era? ¿Sabes? Aun lo
sigue siendo, y ya pase de los treinta. (Contra todo pronóstico).
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