Para
los dieciocho años estaba en la universidad como marioneta de mi padre
estudiando la carrera que el “sugirió” con su acostumbrada cantaleta de -o lo
haces o la puerta esta muy ancha, y la cierras por fuera-, desde los catorce
años se la había pasado corriéndome de casa como única opción de castigo a mi
falta de respeto por su autoridad, en mi favor diré que si piensas que vas a morir
pronto, te cuestionas severamente la clase de obediencia que debes hacia los demás,
ya que tú vida se extingue mas rápido que la de ellos, deberían dejar que uno
disfrutara un poco mas de sus placeres, creo yo, así que me la pasaba cantando
en las noches (no lo dejaba dormir), salía a jugar con los pequeños de la calle
(oh por dios el “que dirán”) y me metía en cuanta actividad extracurricular
hubiese (según mi padre solo para hacerlo gastar más en mi), e incluso
apreciaba el hecho de que se pusiera ebrio con sus amigos en mi honor cada día
de mi cumpleaños, pues como homenajeada (ajam, homenaje es ver una bola de
borrachos en casa y tener que atenderlos en la madrugada) tenía que hacer de cantinera
y algunos de ellos que me conocían desde beba me enseñaron a preparar sus
bebidas favoritas, claro que ni me felicitaban pues creo yo, ni idea tenían la
mayoría de las veces que estaban ahí para ayudar a mi padre a olvidar mi nacimiento,
pero el punto es que no tuve el carácter para estudiar con mi beca (siii una
beca que me permitía entrar a cualquier universidad en cualquier carrera) lo
que yo quería, y entré a lo que él decidió: ingeniería, para el tiempo que iba
para quinto semestre a mis 18 años, me senté en una banca a pensar en todo lo
que había pasado, y en que rayos estaba haciendo, así pues, abandone mis
estudios, dándole el coraje de la vida a mi papá, quien me dijo o trabajas o a
la calle, (al parecer no se sabía otra amenaza, tal vez pensaba, “chance y
pegue y esta vez me deshaga de ella).
Para
mi lo que importaba era mi libertad, últimamente mi salud no era la misma,
trabajaba como becaria en las tardes, iba a clases en las mañanas y en las
noches (había perdido mi beca en segundo semestre por sacar un siete), comía
una vez al día, estaba fuera de casa de cinco de la mañana a once de la noche
me levantaba muy temprano como para desayunar (además de que no tenía tiempo de
cocinar) y llegaba demasiado cansada para cocinarme cena o refrigerio para el
día siguiente, empecé a sentirme mal y fui con un doctor, me dijo que ahora
podía contar con una nueva condición de salud y esta me perseguiría por
siempre, -es de por vida- me dijo, como si
los dolores artríticos con la humedad fueran poca cosa, ahora me bajaba la
presión arterial, poco después vino la colitis, en fin, que al parecer me gusta
coleccionar malestares crónicos.
Así
pues empecé a vagar por empleos a los cuales tenía que renunciar por que mi
padre consideraba eran una burla (decía – para que estudiaste tanto si vas a
terminar trabajando ahí-) hasta que encontré uno que para él era mas o menos
digno, en oficina, secretaria capturista, luego jefa de departamento de
captura, lástima que le duró poco el gusto pues ahí conocí al que se convertiría
en mi esposo, y a mis veinte años le anuncie que tenía novio e iba a presentárselo.
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