Al
año de nacida enfermé, quizá mi larga y penosa enfermedad fue la panacea que
ella necesitaba…
Mi
padre, si bien me atendía lo más que podía cuando estaba, siempre ha tenido sus
profundas dudas sobre mi paternidad, siendo él tan moreno y diferente a mí, ¿de
dónde una chiquilla tan pálida? (mi madre es morena clara por si se lo
preguntaban). Lo que él no quería entender, era que simplemente yo me parecía a
mi abuelo materno, quien era blanco como yo, de ojos verde aceituna, hijo de
una española muy parecida a mí, de hermosos ojos azules, que abandonó su cómoda
vida de hacendada para huir con un campesino que prendó su corazón, pero esa es
historia para otro día, el punto es que en toda mi vida, mi padre ni una vez me
ha dicho “te quiero”, su idea de saludo alegre es decirme que tiene excelentes
noticias y ya encontró a mi verdadero padre, yo le contesto que para su decepción,
padre es el que cría así que ya se chingó, y a veces me sonríe de vuelta.
Les
decía que enfermé, la culpable se llama Fiebre Reumática, causante de dolor en
lo profundo de mis huesos, frialdad que cala, fiebres altas, inmovilidad y
probables daños colaterales como afectar el corazón, el crecimiento y la
esperanza de vida.
A
mis cuatro años, mi madre obtuvo su certificado de salud, atravesó un doloroso
divorcio y se enteró que esperaba un nuevo bebe. Papá regresó al saberla embarazada,
pero un nuevo bebe, varón, y tan parecido a él…
Mo-re-no…
Lo
hizo clavarse mas adentro esa duda y las burlas de sus “amigos” – la loca no
estaba tan loca y te puso el cuerno, te vieron la cara-.
Debido
a mi enfermedad iba una semana a la escuela y dos o tres no, aún así gracias a
mi madre que ya habiendo recuperado oficialmente la cordura (extraoficialmente
creo que aún esta un poco loquita) se esmeraba en compensar el tiempo perdido,
curse el jardín de infantes y el primer grado siendo la mejor de mi clase,
toda su energía estaba en cuidarme, esos días en que me despertaba el suave
olor a galletas eran mis favoritos, desde entonces no puedo entrar a una panadería sin sentirme rodeada del aroma
mas feliz.
Pero
mi madre recordaba en sus pesadillas cada vieja amenaza –Esa bebe parece
normal, pero ya crecerá y se volverá loca como tú, perderá la razón por el
efecto de tantos medicamentos, la fiebre reumática detendrá el crecimiento normal de sus huesos, es probable
que no pase de los catorce si esto no cede, máximo dieciséis años de vida-.
Despertaba asustada, entre esas paredes chorreantes de humedad como su frente,
y me horneaba galletas, quería tenerme contenta, lo más posible, y pensaba;
quizá hoy sea un buen día, quizá mi niña hoy se pueda levantar, quizá se salve,
y esa esperanza la mantuvo cuerda, pendiente de mí aprendió a controlarse porque
su amor fue mas fuerte que cualquier medicina.
Gracias
por leerme, nos vemos la próxima semana con “La adolescente de cuarenta, la
mujer, la esposa, y la madre” en el
recorrido por mis DoCe Vidas.
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